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Cocinar para no olvidar

© El Platillo Comilón

 

     ¿Quién no ha oído hablar alguna cosa, por mínima que sea, sobre el Alzheimer?, ¿sabemos realmente cómo atender o cuidar en el día a día a una persona con esta patología?, ¿cómo podemos ayudar a estas personas a mitigar el sufrimiento que les ocasiona el “olvidar”?, ¿y qué me decís de la carga, tanto física como psicológica, que soportan los cuidadores?

     Aún recuerdo la etapa de mi vida en la que trabajé como enfermero y me enfrenté día tras día con esta lacra.

     El Alzheimer es una enfermedad incurable y terminal que, literalmente, borra del mapa la memoria de las personas. Es considerada como una de las demencias más agresivas que ha venido para instalarse en nuestra sociedad, nuestro entorno, casa, familia…

     Generalmente tiene debilidad por las personas mayores (a partir de los 60 años de edad), aunque bien es cierto, que existen casos, los menos, en edades tempranas. El riesgo de aparición aumenta a medida que envejecemos y, si en la familia se dio anteriormente algún caso de esta enfermedad, el riesgo es aun mayor. Es un trastorno cerebral que afecta gravemente la capacidad de la persona para llevar a cabo sus actividades de la vida diaria. Aparece lenta y silenciosamente con ciertos síntomas, prácticamente inadvertidos, pero que, poco a poco, se van instalando en la vida de la persona como un peso plomizo del que ya no se pueden librar.

     En primer lugar afecta a las partes del cerebro que controlan el pensamiento, la memoria y el lenguaje, provocando en el individuo ciertas dificultades para recordar, por ejemplo, cosas que ocurrieron recientemente, los nombres de ciertas personas, incluidos los de algunos familiares, descuidos “tontos”…

     Con el paso del tiempo, estos síntomas, lejos de quedarse estancados, siguen su rápida y delirante evolución dando lugar a un empeoramiento de la situación personal. Empiezan a aparecer las primeras dificultades serias para poder escribir, aunque sea la lista de la compra, para hablar, leer, cómo lavarse los dientes, cómo vestirse, cómo peinarse… incluso hay momentos en los que empieza a provocar la falta de reconocimiento facial de las personas, pero no solo las de aquellas que, por ejemplo, saludamos por la calle, sino también del propio ámbito familiar, sea este hijo/a, marido, mujer, hermano/a… Estas situaciones les pueden provocar cierto estado de ansiedad ya que no saben lo que les pasa, se sienten raros, distintos… pero realmente saben que algo pasa.

     Pero la enfermedad sigue haciendo de las suyas. En un estado más avanzado tienen problemas para deglutir, para masticar, de incontinencia… llegando a una total desconexión con el entorno que le rodea. ¿injusto, verdad?

     Al final, requieren de un cuidado completo en todos los aspectos de su vida, lo que provoca una situación muy estresante de los familiares “cuidadores”.

     A pesar de los cientos o miles de estudios que se llevan haciendo durante años para conocer a fondo la enfermedad, en la actualidad, no se sabe su origen o causa, ni se ha dado con una solución eficaz que la detenga. Eso sí, se han descubierto ciertos fármacos que impiden durante un tiempo limitado que los síntomas empeoren.

     Ante el fatídico panorama que nos presenta la enfermedad, podemos hacer ciertas cosas que alivien o mejoren la calidad de vida de estas personas, siendo una de las más necesarias e importantes, mostrarles cariño y afecto.

     En una de las fases de la enfermedad el tema de la comida es sumamente importante, repercutiendo en todo lo que la concierne: no pueden tragar, masticar, beber… Poco a poco el comportamiento de la persona ante el acto de comer se va alterando, va sufriendo pequeñas modificaciones que alteran su metabolismo. Podríamos hablar de 3 fases distintas:

 

      • 1.-Fase ligera: la persona afectada aún puede comer sola, pero la pérdida de memoria le hace ser más descuidada: se olvidan incluso de que tienen que comer, los horarios, cómo se prepara un plato, etc. Su falta de atención hace que no lleguen a completar todas las tomas de alimentos que requieren. En esta situación sería muy importante fomentar la autonomía personal con pequeños gestos, como por ejemplo, haciéndoles partícipes en la elaboración de la comida, guiándoles en la realización de una receta, en la preparación de la mesa, vaciar y colocar los utensilios del lavavajillas, etc.
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      • 2.-Fase moderada: la persona afectada presenta una dependencia parcial en el acto de comer, necesita ayuda para ello. En algunas ocasiones es posible que no pueda masticar y/o tragar bien los alimentos. En esta fase aparece una disminución de la percepción de los olores y sabores que, junto con una disminución de la salivación y sequedad de la boca, le provocará un cierto rechazo a la comida. Empieza a dudar del uso de los cubiertos, no sabe para qué se utilizan ni cómo, y las alteraciones visuales que se producen dificultarán que identifique correctamente los alimentos que tiene ante sí.
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      • 3.-Fase severa: existe una dependencia total para alimentarse que, unido a la dificultad manifiesta para tragar, tanto alimentos sólidos como líquidos, hace que el riesgo de atragantamiento sea muy elevado. Ante esta situación el enfermo tiende a rechazar la comida, en el mejor de los casos, tirándola o incluso escupiéndola, llegando un momento en que tenga que ser alimentado de forma artificial (a través de una sonda nasogástrica por ejemplo).
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     Todo esto desencadenará en una desnutrición y una deshidratación severa por un aporte insuficiente de nutrientes, pero esto mejor dejarlo para otro momento.

 

     Ahora queremos detenernos en el caso de una persona, una mujer de 83 años, con Alzheimer que, aunque profesionalmente era modista en su juventud, la vida la hizo ser también buena cocinera. Hablamos de Elvira, la suegra de Isabel, una de mis compañeras de trabajo. Esta mujer, a parte de su profesión, y por los tiempos que le tocaron vivir, tuvo que aprender a cuidar de la familia, cocinar y a “saber llevar la casa”. Sí, en aquellos tiempos la sociedad era muy machista, (más que hoy, aunque a muchos nos parezca mentira), era la mujer la que culturalmente acarreaba con todas estas obligaciones y muchas más. Pero eso es harina de otro costal.

     Elvira, hoy en día muy arropada por la familia, aspecto muy importante para sobrellevar esta enfermedad, se encuentra en una fase no muy avanzada. No recuerda cómo se elaboraban esos deliciosos platos de carne guisada con los que, hasta no hace mucho, deleitaba a sus seres queridos; o de los de pescado al horno, o el de pollo en salsa. Tampoco recuerda cómo se hacían unas ricas lentejas. Pero ante el problema, vino el parche o la solución momentánea que ha hecho que de nuevo coja una sartén, una cacerola y varios ingredientes y vuelva a cocinar.

     Su familia ha ideado una solución momentánea ante esa pérdida de memoria: le escriben en papel, perfectamente estructuradas, cada una de las recetas que solía hacer. En primer lugar le ponen el nombre de la receta que quiere cocinar, seguida de los ingredientes que necesita para su elaboración. Si alguno de esos ingredientes necesita algún tratamiento especial, como es el caso del pescado, por ejemplo para que le quiten las espinas, lo dejan indicado para que, a la hora de hacer la compra, lo pida así.

     Después se suceden los pasos explicativos que componen la receta a modo de guía. ¡Pero sin dar nada por hecho! Detalla por orden los pasos que hay que dar para llevar a cabo la elaboración de un plato concreto con éxito. ¿Tiene mérito, verdad?

     La mente es fascinante y algunos recuerdos quedan grabados a fuego por mucho que el Alzheimer nos los quiera arrebatar. Basta con ayudar a que salgan. ¡Aunque para esto haya que ser infinitamente constante y hacerlo diariamente!

     A Elvira la cocina le apasiona y esa inquietud sigue inherente en ella. Solo hace falta que los que la quieren y la acompañan, le den las herramientas necesarias para que lo lleve a cabo y, sobre todo, poder hacerla sentirse útil y activa.

 

 

 

 

 

 

 

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