¡Adivina quién viene a cenar! «Las Chicas de Oro (The Golden Girls) »
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FICHAS PERSONALES

CHICA DE ORO Nº 1

Nombre artístico: Blanche Devereaux.
Nombre real: Rue McClanahan (Healdton, Oklahoma, Estados Unidos 21 de febrero de 1934 – Nueva York, Estados Unidos 3 de junio de 2010)
La seductora sureña profesional obsesionada con su belleza, su cuerpo y… los hombres. Viuda rica y dueña de la casa, Blanche era una mezcla de vanidad, carisma y vulnerabilidad disfrazada de lentejuelas.
Frase: “El llanto es para mujeres sencillas. Las mujeres bonitas van de compras”.
CHICA DE ORO Nº 2

Nombre artístico: Dorothy Zbornak.
Nombre real: Bernice Frankel, más conocida como Bea Arthur (Nueva York, 13 de mayo de 1922 – Los Ángeles, California, 25 de abril de 2009).
La intelectual sarcástica de metro ochenta, divorciada y profesora suplente de literatura estadounidense. Con un gran corazón, eso sí, escondido bajo gruesas capas de ironía y con una voz tan característica que podía cortar diamantes. Dorothy era la voz de la razón… solo cuando no estaba quejándose de su ex Stan.
Frase: “¡No! ¡No, no tendré un buen día!».

CHICA DE ORO Nº 3

Nombre artístico: Rose Nylund.
Nombre real: Betty Marion White, más conocida como Betty White (Oak Park, Illinois, 17 de enero de 1922 – Los Ángeles, California, 31 de diciembre de 2021).
La bonachona e inocente de un pequeño pueblo de granjeros conocido como St. Olaf, Minnesota, una comunidad de escandinavos. Viuda de un viajero vendedor de seguros, Charlie Nylund, que también trabajaba como vendedor de herraduras, y eterna optimista, Rose contaba historias tan absurdas que hasta la persona más paciente del mundo mundial cuestionaba su existencia.
Frase: «En mi pueblo, si te perdías, seguías el rastro de los osos… ¡pero solo si iban hacia tu casa!».
CHICA DE ORO Nº 4

Nombre artístico: Sophia Petrillo.
Nombre real: Estelle Scher, más conocida como Stelle Getty (Nueva York, 25 de julio de 1923 – Los Ángeles, 22 de julio de 2008).
La madre octogenaria de Dorothy, refugiada en Miami tras supuestamente ‘quemar’ la Residencia de ancianos en la que vivía ‘Prados Soleados’. Siciliana, viuda y sin filtros de ningún tipo a la hora de hablar, Sophia era un torbellino de infinidad de ocurrencias, insultos creativos y consejos cuestionables.
Frase: «La gente pierde el tiempo pensando si un vaso está medio vacío o medio lleno. Yo solo bebo lo que hay en el vaso».
A mediados de los años 80, mientras España navegaba entre los últimos coletazos del conservadurismo y los primeros aires de la Movida Madrileña, una serie estadounidense irrumpió en las pantallas para desafiar, no solo los estereotipos sobre la vejez, sino también los tabúes de una sociedad que comenzaba a despertar.
‘Las Chicas de Oro’ (The Golden Girls) llegó a Estados Unidos en 1985 como una comedia ágil y descarada, pero en España, donde se estrenó el 30 de septiembre de 1986, ubicándose en las tardes a las 19:25h por TVE, se convirtió en algo más: un espejo incómodo, pero necesario, que reflejaba temas muy importantes y candentes de la sociedad de entonces, como la sexualidad femenina, la diversidad y la autonomía de las mujeres mayores en un país donde, hasta hacía poco, hablar de ciertos asuntos en televisión era impensable. Por entonces yo contaba más o menos con 7 años de edad y para mi supuso un boom explosivo de color y risas el poder ver eso en televisión. No entendía mucho los diálogos, pero con los años la volví a ver y despertó en mi sentimientos que hasta día de hoy, hacen que me apetezca verla una y otra vez. Mi retina y mi memoria captaron muchos momentos, pero el vestuario, las expresiones la ironía y esos peinados ochentenos de sus protagonistas… son irrepetibles. Así que… os invitamos a viajar a esta década donde las hombreras, los neones, los leggins y los moldeadores y demás peinados voluminosos fueron su sello de identidad más estelar, ¿nos acompañas? Hoy, en nuestra sección ¡Adivina quién viene a cenar! tenemos el placer de contar con la visita de… ¡Las Chicas de Oro!
Intro original de la sere (1985)
Susan Harris (Fotografía de Bob Riha, Jr. / Getty Images, 1988)
Si la serie de ‘Las Chicas de Oro’ fue un huracán de aire fresco, humor y progresismo, Susan Harris (1940) fue la meteoróloga que lo diseñó. Escritora, productora y creadora de series icónicas, Harris se especializó en romper tabúes con un bolígrafo afilado y una sonrisa pícara. En 1985, junto a su esposo el productor Paul Junger Witt, propuso a la NBC (National Broadcasting Company) una de las principales cadenas de televisión abierta de Estados Unidos, una comedia sobre cuatro mujeres mayores compartiendo casa. La cadena dudó: «¿Quién querría ver a abuelas hablando de sexo?». Pero Harris insistió: «No son abuelas. Son mujeres. Punto».
Creó cuatro personajes femeninos complejos lejos de los estereotipos de »abuela dulce» o »vieja amargada». Quería mostrar que la vida no termina a los 50… ni a los 80. En una mesa redonda cubierta de faldillas y manteles floreados, y bajo el amparo de los chistes y una buena cheesecake o tarta de queso, Harris abordó temas tan importantes de la época como el sida, la homofobia, la vejez y el feminismo. No solo creó una serie, creó un manual de supervivencia para envejecer sin rendirse, reírse sin filtros y vivir sin pedir permiso.
De todo lo anterior surgió esta serie de 7 temporadas, emitidas entre los años 1985 y 1992, y compuesta por 180 capítulos en total, con una duración media cada uno de ellos de 22 minutos. Comienza con la publicación de un anuncio por parte de Blanche Devereaux (Rue McClanahan) para compartir vivienda. Es la propietaria y heredera de una bonita casa ubicada en Miami tras la muerte de su esposo, pero no solo heredó eso, la hipoteca también. Los pagos le suponían ciertos problemas para poder llegar a fin de mes, así que se vio obligada a compartir la vivienda. ¿Y quienes respondieron al anuncio y se convirtieron en sus compañeras? Rose Nylund (Betty White) y Dorothy Zbornak (Bea Arthur). La madre de Dorothy, Sophia Petrillo (Estelle Getty) se unió tiempo después con la excusa de que la residencia de ancianos en la que vivía se había quemado. Comienza bien, ¿verdad? Os presento a las chicas de oro:
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- Blanche Devereaux, interpretado por Rue McClanahan, una atractiva sureña que combinaba elegancia y altas dosis de libido por partes iguales. En una entrevista desveló que sus vestidos de lentejuelas eran tan ajustados que a veces necesitaba ayuda incluso para sentarse: »Si Blanche fuera real, tendría cicatrices de cremalleras en las costillas».
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- Rose Nylund, interpretado por Betty White, la ingenua e inocente chica de un pueblo ficticio llamado St. Olaf, donde las anécdotas absurdas eran su pan de cada día. Nunca se mostró en pantalla, pero se inspiró en comunidades rurales de Minnesota con herencia escandinava. Y no solo era su pueblo natal, sino un recurso narrativo brillante para construir su personalidad y añadir capas y capas de humor absurdo a la serie. Rose Nylund no fue un personaje ‘tonto’, sino una mujer que eligió ver el mundo con esperanza, incluso cuando la vida le dio razones para no hacerlo.
- Rose Nylund, interpretado por Betty White, la ingenua e inocente chica de un pueblo ficticio llamado St. Olaf, donde las anécdotas absurdas eran su pan de cada día. Nunca se mostró en pantalla, pero se inspiró en comunidades rurales de Minnesota con herencia escandinava. Y no solo era su pueblo natal, sino un recurso narrativo brillante para construir su personalidad y añadir capas y capas de humor absurdo a la serie. Rose Nylund no fue un personaje ‘tonto’, sino una mujer que eligió ver el mundo con esperanza, incluso cuando la vida le dio razones para no hacerlo.
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- Dorothy Zbornak, interpretado por Bea Arthur, una profesora suplente de literatura estadounidense, divorciada de su peor pesadilla en forma de hombre, Stanley Zbornak, de metro ochenta de altura y con un sarcasmo capaz de tumbar a un elefante.
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- Sophia Petrillo, interpretado por Estelle Getty, la octogenaria y sarcástica madre de Dorothy, un auténtico huracán siciliano lleno de frases cortantes y lapidarias. Para lograr el efecto envejecido (recordemos que era un año más joven que Bea Arthur en la vida real), Estelle usaba pelucas grises, unas gafas grandes y gruesas de pasta, zapatos con suelas de goma y un maquillaje que le cincelaba en la cara esas arrugas ficticias tan características. Su herencia siciliana no solo era un detalle cultural en la serie, sino una mina de oro para elaborar chistes y comentarios ambiguos sobre su supuesto ‘pasado oscuro’ con la mafia. Hizo varias referencias a ciertas venganzas familiares, insinuando con mucha inteligencia y humor que, tanto ella como su familia, tenían vínculos con la mafia. Un guiño cómico a los estereotipos italoamericanos.
Sophia siempre aparecía con un bolso colgado de uno de sus antebrazos. En él llevaba muchas de sus pertenencias. La idea de llevarlo siempre consigo fue de la propia Estelle Getty. En una entrevista para Newsday en 1992 dijo que en muchas ocasiones las mujeres mayores se ven obligadas a desprenderse de tantas posesiones en la vejez que todo lo que poseen termina en sus bolsos: «Nadie renuncia a su vida tan fácilmente».
- Sophia Petrillo, interpretado por Estelle Getty, la octogenaria y sarcástica madre de Dorothy, un auténtico huracán siciliano lleno de frases cortantes y lapidarias. Para lograr el efecto envejecido (recordemos que era un año más joven que Bea Arthur en la vida real), Estelle usaba pelucas grises, unas gafas grandes y gruesas de pasta, zapatos con suelas de goma y un maquillaje que le cincelaba en la cara esas arrugas ficticias tan características. Su herencia siciliana no solo era un detalle cultural en la serie, sino una mina de oro para elaborar chistes y comentarios ambiguos sobre su supuesto ‘pasado oscuro’ con la mafia. Hizo varias referencias a ciertas venganzas familiares, insinuando con mucha inteligencia y humor que, tanto ella como su familia, tenían vínculos con la mafia. Un guiño cómico a los estereotipos italoamericanos.
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La química entre las cuatro actrices era tan palpable que incluso los rumores de rivalidad entre algunas de ellas se disolvían ante las risas del público en vivo con el que se grababa y, que a veces, obligaba a repetir tomas enteras por el escándalo que se formaba.

En España, sin embargo, el éxito de la serie dependió de un equipo de doblaje que supo equilibrar el humor transgresor con los códigos culturales locales. Las voces que dieron vida a las chicas se volvieron tan icónicas como las actrices originales:

Irene Guerrero de Luna, con su tono cascado y una acidez perfectamente medida, prestó su voz a Sophia, convirtiendo cada «cariño, si fueras chocolate, no llenarías ni una onza» en un latigazo memorable.

Delia Luna, actriz de doblaje con una cadencia sensual que habría hecho ruborizar a una mantis religiosa, encarnó a Blanche, adaptando sus dobles sentidos al contexto español: donde la Blanche original decía «he tenido más hombres que el censo», aquí, en la versión española, se transformaba en «más citas que el calendario de la Feria de Abril».

Julia Martínez, conocida por su voz cálida y maternal, dio vida a Rose, manteniendo esa inocencia que hacía creíbles sus historias de St. Olaf.

Amparo Soto, con su timbre grave y sereno, se metió en la piel de Dorothy, conservando ese sarcasmo que oscilaba entre lo intelectual y lo desesperado. El doblaje, dirigido con inteligencia, suavizó algunos chistes considerados demasiado atrevidos para la España de la época, como las referencias explícitas al sexo ocasional, pero mantuvo intacto el espíritu rebelde de las protagonistas.
Precisamente fue esa rebelión lo que hizo de ‘Las Chicas de Oro’ un fenómeno en un país que acababa de estrenar democracia. España llevaba apenas unos años saliendo de décadas de dictadura, donde temas como el divorcio (legalizado en 1981), la homosexualidad (eliminada en 1978 como supuesto de peligrosidad social) o la sexualidad femenina habían sido censurados o relegados al silencio más absoluto. Ver a cuatro mujeres mayores, algunas viudas y otras divorciadas, compartiendo casa, hablando sin tapujos de sus citas y riéndose de los estereotipos geriátricos fue muy revolucionario. En un episodio, Blanche mencionaba haber tenido un ‘affaire’ con un hombre casado; en otro, Dorothy y Rose discutían abiertamente sobre la menopausia. Y aunque TVE suavizó algunos diálogos, la esencia se mantuvo: eran mujeres que no pedían permiso para vivir.
Pero el verdadero impacto social llegó con la emisión de algunos episodios muy específicos que abordaban temas tabú. Cuando en 1990 se emitió el capítulo donde el hermano de Blanche, interpretado por un joven George Clooney, salía del armario, España aún consideraba la homosexualidad un tema casi invisible en televisión. Aquel episodio, aunque editado para reducir su carga política, mostró a una familia discutiendo el tema con una naturalidad inédita. Otro ejemplo fue el episodio donde Rose se hacía la prueba del VIH para combatir el estigma, un guiño valiente en plena crisis del sida, cuando el miedo y la desinformación campaban a sus anchas. Para muchas mujeres españolas, especialmente las mayores, ver a personajes como Sophia burlarse de la soledad («Si quieres compañía, cómprate un perro. Si quieres amor, cómprate un pastel.») o a Blanche reivindicar su derecho al placer fue una revelación. No eran madres abnegadas ni abuelas pasivas: eran mujeres completas, con deseos, errores y opiniones.
En el universo de ‘Las Chicas de Oro’ la tarta de queso no era un simple postre: era un ritual, un testigo mudo de secretos, lágrimas y carcajadas y, ocasionalmente, un arma arrojadiza metafórica contra los problemas existenciales de la vida. Junto a la mesa redonda de madera ubicada en el centro de la cocina, un mueble que parecía diseñado por un psicólogo grupal, este dulce se convertía en un personaje más de la serie, un elemento tan crucial como los hombros acolchados de Blanche por las hombreras ochenteras que llevaban o los sombreros de Sophia.
La mesa, con su forma circular y su superficie siempre despejada y cubierta con un mantel floreado, salvo por el susodicho postre y cuatro tazas de café, funcionaba como un microcosmos de la amistad que se profesaban. No había jerarquías, todas estaban al mismo nivel, literal y metafóricamente hablando. Era allí donde Dorothy desmenuzaba su último fracaso amoroso con la precisión de un cirujano, donde Blanche relataba sus conquistas con la modestia de una leona en celo, donde Rose soltaba una historia de St. Olaf que cuestionaba las leyes de la física y donde Sophia resumía todo con un insulto que, en otro contexto, habría requerido terapia.
Las Chicas de Oro comiendo tarta de queso alrededor de la mesa (© NBC Universal INC)
La tarta de queso, por su parte, era mucho más que un dulce o un postre en sí. Era el pegamento emocional del grupo. En un mundo donde las mujeres mayores solían ser invisibilizadas, ese postre cremoso que, en realidad, solía ser de plástico para evitar derretirse bajo las luces del set, simbolizaba su derecho al placer, a la indulgencia y a la complicidad. Cada porción era un acto de resistencia contra la soledad, la vejez estereotipada y las dietas bajas en azúcar. Además, servía como metáfora de sus vidas: dulce, caótica y mejor en compañía.
Curiosamente, la elección de esta tarta no fue casual. Según los guionistas, su textura firme pero delicada reflejaba el equilibrio entre la dureza de sus realidades (divorcios, pérdidas, arrugas) y la ternura de su amistad. Y aunque en pantalla rara vez lo comían de verdad, el gesto de cortarlo y servirlo era tan ceremonial como un tratado de paz entre verdaderas amigas.






