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Tortilla de patatas o tortilla española, la receta clásica y los pequeños secretos que marcan la diferencia

© El Platillo Comilón
 
 

INGREDIENTES: (para 4 personas)

  • 800 g de patatas.
  • 6 huevos grandes.
  • Aceite de oliva suave o virgen extra.
  • Sal.
  • Una cebolla mediana (opcional).
 
 
 
ELABORACIÓN:
 
     Hay recetas que necesitan una larga lista de ingredientes para sorprender, pero en el caso de la tortilla de patatas pasa justo lo contrario. Con solo huevos, patatas, aceite y sal, con o sin cebolla, según los gustos de cada casa, lleva generaciones ocupando un lugar privilegiado entre los grandes iconos de la gastronomía española. Y precisamente porque parece una receta sencilla, cualquier pequeño detalle durante su elaboración acaba marcando la diferencia. No existe una única tortilla de patatas. En cada casa se hace de una manera diferente y casi todas esas versiones son perfectamente válidas. Y quizá ahí resida parte de su magia. Incluso siguiendo exactamente la misma receta, es difícil que dos tortillas salgan idénticas. Hay quien defiende la cebolla como un ingrediente imprescindible y quien considera que nunca debería formar parte de la receta. También encontramos tortillas muy cuajadas, otras más jugosas e incluso algunas con el centro prácticamente líquido.
 
     Personalmente prefiero una tortilla que conserve un interior cremoso pero consistente, capaz de mantenerse firme al cortarla y que pueda comerse tranquilamente con un tenedor, sin miedo a que el huevo acabe escurriéndose sobre el plato o, peor aún, sobre nuestra ropa. No necesito una cuchara para disfrutar de una buena tortilla. Entiendo perfectamente el éxito de la tortilla de Betanzos y me parece una variante con una identidad propia, pero no representa el único modelo de tortilla española. Es, sencillamente, otra forma de entender esta receta.
 
     La tortilla de patatas del Sr. Comilón también tiene un ingrediente que nunca aparece en la lista de la compra: todo lo que aprendí viendo cocinar a mi abuela Agustina y, ahora, a mi madre, su hija. La primera me enseñó que una buena tortilla no depende únicamente de los ingredientes, sino de la paciencia, del cariño y de esa experiencia que solo regalan los años entre fogones. De la segunda he aprendido que las recetas familiares no permanecen vivas porque estén escritas en un cuaderno, sino porque alguien las sigue preparando con el mismo respeto y el mismo cariño generación tras generación. Pasa por este Menú Cultural y disfruta más de esta entrañable historia: ‘¿De dónde viene la tortilla de patatas? Historia de la mejor tortilla de patatas del mundo.’
 
     Gracias a las dos entendí que una tortilla de patatas no es solo una mezcla de huevos, patatas, aceite y sal. Detrás de cada una hay recuerdos, conversaciones alrededor de la mesa y pequeñas enseñanzas que, sin darnos cuenta, terminan formando parte de nuestra manera de cocinar. Esa es, precisamente, la tortilla de patatas del Sr. Comilón, una receta heredada, disfrutada y compartida con la esperanza de que siga pasando de una generación a la siguiente. ¿Vamos a la cocina?
 
     Para preparar una tortilla de patatas para cuatro personas, pelamos aproximadamente 800 g de patatas y las cortamos en láminas irregulares de unos tres o cuatro milímetros de grosor. No hace falta buscar una perfección absoluta con el cuchillo; al contrario. Es interesante que algunos trozos sean ligeramente más pequeños que otros para conseguir diferentes texturas durante la cocción y que incluso algunos se rompan ligeramente al cortarlos. Por eso, en casa siempre las cortamos a mano y prescindimos de la mandolina. Eso sí, siempre me gusta pelar una patata de más. No porque la receta la necesite, sino porque es prácticamente imposible resistirse al picoteo mientras se terminan de cocinar. Estoy convencido de que no soy el único al que le ‘desaparecen’ unas cuantas antes de que lleguen al bol del huevo.

 

 

     Llegados a este punto, añadimos la sal y removemos bien justo antes de incorporar las patatas al aceite o, si lo preferís, una vez ya están en la sartén. Lo que sí conviene evitar es salarlas con demasiada antelación. La sal comienza a extraer parte del agua de la patata por ósmosis, haciendo que pierda firmeza y modificando ligeramente su textura durante la cocción. Es un pequeño detalle que puede parecer insignificante, pero en una receta tan sencilla como esta, cualquier gesto cuenta.

     Y ahora llega el momento de tomar una decisión que, para algunos, casi merece un debate de Estado: ¿la hacemos con cebolla o sin cebolla? Como os comentaba al comienzo de la receta, ambas versiones forman parte de nuestra tradición gastronómica y ninguna puede presumir de ser la única auténtica. En casa solucionamos el eterno debate de la mejor manera posible, haciendo una tortilla con cebolla y otra sin ella. Así nadie protesta y, curiosamente, las dos desaparecen de la mesa a la misma velocidad. Yo reconozco que siento debilidad por la tortilla con cebolla. Cocinada lentamente junto a las patatas aporta un ligero dulzor, más jugosidad y un equilibrio de sabores que, en mi opinión, la hace todavía más redonda. Si también es vuestra opción, pelad una cebolla mediana y cortadla en juliana fina. No buscamos que sea la protagonista de la tortilla, sino que se funda con las patatas durante la cocción y aporte todo su sabor sin llegar a imponerse. La incorporamos a la sartén desde el principio para que ambos ingredientes se cocinen al mismo ritmo y la cebolla quede completamente tierna, transparente y sin llegar a dorarse. Si, por el contrario, sois del equipo sin cebolla, simplemente continuad con la receta omitiendo este paso.

     En una sartén amplia añadimos suficiente cantidad de aceite de oliva suave o un virgen extra de sabor equilibrado, como para que las patatas queden prácticamente cubiertas. Aunque pueda parecer mucha cantidad, no os preocupéis, una vez frío, bastará con colarlo para reutilizarlo en futuras tortillas o en otras elaboraciones. Calentamos el aceite a fuego medio. No tengáis prisa; uno de los errores más habituales consiste en cocinar las patatas demasiado deprisa. No buscamos unas patatas fritas doradas y crujientes, sino unas patatas tiernas que se cocinen lentamente, casi confitándose. Sabremos que están listas cuando podamos romperlas con facilidad al presionarlas con una espumadera.

 

 

     Si habéis optado por la versión con cebolla, incorporadla al mismo tiempo que las patatas para que ambos ingredientes se cocinen juntos. La cebolla debe quedar muy tierna y transparente, aportando su dulzor natural, pero sin llegar a dorarse ni caramelizarse. Cuando comprobemos que las patatas se rompen con facilidad al presionarlas con la espumadera, las retiramos del aceite con ayuda de una espumadera o un colador, dejando que escurran unos instantes, pero sin eliminar por completo el aceite que las recubre. Ese ligero brillo ayudará a que después se integren mejor con el huevo y contribuirá a conseguir una tortilla mucho más jugosa.

 

 

     Mientras terminan de cocinarse las patatas, cascamos los seis huevos en un bol amplio, añadimos un pellizco de sal y los batimos suavemente. No buscamos montar espuma ni incorporar aire a la mezcla; basta con romper las yemas e integrarlas con las claras. Incorporamos las patatas todavía calientes sobre los huevos y mezclamos con suavidad procurando no romperlas en exceso. Llegados a este punto conviene dejar reposar la mezcla entre diez y quince minutos. ¡No hay prisa! Es uno de esos pequeños secretos que rara vez aparecen en las recetas, pero que ayudan a conseguir una tortilla mucho más cremosa. Durante ese tiempo las patatas absorben parte del huevo y la tortilla adquiere posteriormente una textura mucho más cremosa y uniforme.

 

 

     Calentamos una sartén antiadherente con una pequeña cantidad de aceite de la cocción de las patatas y, cuando esté bien caliente, vertemos toda la mezcla. Durante los primeros segundos movemos suavemente la sartén y, con ayuda de una espátula o una cuchara de madera, removemos ligeramente el centro para que el huevo líquido vaya ocupando los huecos que se forman. No se trata de hacer un revuelto, sino de conseguir un cuajado uniforme y evitar que la base quede demasiado gruesa. Pasados esos primeros instantes, dejamos de mover la tortilla y permitimos que la base se forme lentamente, siempre a fuego medio o medio-bajo y sin prisas.

 

 

     Cuando observemos que la parte inferior ya tiene consistencia, colocamos un plato sobre la sartén y damos la vuelta a la tortilla con decisión. Con la espátula o la cuchara de madera vamos recogiendo ligeramente los bordes hacia el interior para darle una forma más redondeada y compacta. Es un gesto sencillo, pero ayuda a conseguir una tortilla más uniforme y con un acabado mucho más bonito. La devolvemos nuevamente a la sartén para cocinar la otra cara. Este segundo lado siempre necesita menos tiempo que el primero, ya que el calor acumulado terminará de cocinar el interior.

 

 

     Retiramos la tortilla y la dejamos reposar unos cinco minutos antes de servirla. Parece un detalle sin importancia, pero ese pequeño descanso permite que el calor termine de repartirse uniformemente y mejora notablemente la textura. ¡Y ahora sí! Solo queda sentarnos a la mesa, cortar un buen trozo de pan acompañado de un poco de salsa mahonesa casera o salsa alioli y disfrutar de una de esas recetas que nunca pasan de moda. Una buena tortilla de patatas no necesita nada más que buenos ingredientes, paciencia y, si además habéis tenido la suerte de aprender de vuestra madre o de vuestra abuela, un poquito de todo ese cariño que ellas siempre ponían entre fogones.

 

 

 

Un último consejo del Sr. Comilón

     Si después de leer toda esta receta tuviéramos que quedarnos con un único consejo, sería este: no tengáis prisa. Una buena tortilla de patatas necesita tiempo, buenos ingredientes y mucho mimo. No os obsesionéis con que salga perfecta la primera vez, porque la mejor tortilla no suele aprenderse leyendo una receta, sino preparándola una y otra vez.

     Y si además tenéis la suerte de haber aprendido alguno de estos pequeños trucos de vuestra madre, vuestro padre, vuestra abuela o vuestro abuelo, conservadlos como un tesoro. Las recetas pueden escribirse, pero la experiencia y el cariño con los que ellos cocinaban son un ingrediente imposible de comprar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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