Las sandías de Mahmoud: crónicas de una bandera comestible en Gaza
© El Platillo Comilón
Niños y jóvenes palestinos posando frente al campo de refugiados de Jabalia en Gaza (1950).
Mahmoud al-Hamadi nació en 1960 en el campo de refugiados de Jabalia, ciudad palestina ubicada a unos cuatro kilómetros al norte de la ciudad de Gaza, donde su familia había llegado tras la Nakba de 1948. Era el menor de tres hermanos. Su padre, Abu Yusuf, solía contarle historias de su aldea natal, al-Nuwayriyat, hoy desaparecida, donde cultivaban las sandías más dulces de Palestina. ‘Las regábamos con agua de manantial y las vendíamos en los mercados de Yafa’, recordaba con la voz quebrada por la nostalgia. En 1966, cuando Mahmoud tenía seis años, su padre logró arrendar un pequeño terreno en Bait Hanun. Allí plantaron las primeras semillas de sandía, traídas de contrabando desde Egipto escondidas en los dobladillos de un abrigo.
El 5 de junio de 1967, mientras las radios transmitían noticias de una guerra inminente, Abu Yusuf enterró algunos documentos familiares y un puñado de semillas bajo un olivo, junto a un pequeño almacén de su terreno. ‘Si nos expulsan otra vez, lo que hoy enterramos será nuestro mapa de regreso’, le dijo a Mahmoud. Desde ese día, la ocupación israelí de Gaza se convirtió en una presencia constante.
Los años pasaron y, en 1969, el gobierno militar israelí emitió la ‘Orden 101’, que prohibía cualquier manifestación nacionalista palestina: portar la bandera, usar sus colores o incluso recitar poemas y cánticos serían considerados ‘incitación’. Un gran número de soldados recorrían los mercados arrancando todas las banderas que se encontraban a su paso. Daba lo mismo, aunque estas estuvieran pintadas en las paredes, las echaban abajo.
Bandera de Palestina
Bandera Palestina pintada en la pared de un edificio en Nablus. Fotografía: Ash Hayes (12 de febrero de 2022).
En 1975, un Mahmoud ya adolescente vio cómo arrestaban a su tío por llevar una camiseta a rayas verdes y blancas. ‘¡Son solo colores!’, gritó su abuela. Uno de los oficiales respondió empujándola contra un muro: ‘En esta tierra, hasta los colores tienen dueño.’

Fue entonces cuando los agricultores gazatíes iniciaron un juego similar al del gato y el ratón. Umm Khaled, una vendedora muy conocida del zoco de Gaza, viuda de guerra, comenzó a colocar las sandías cortadas por la mitad en posición vertical. Así, los colores se distribuían como los de la bandera prohibida: el verde oscuro de la cáscara, el blanco de la corteza, el rojo de la pulpa y el negro de las semillas. ‘¿Qué van a hacer? ¿Prohibirnos vender fruta?’, se reía mientras los soldados revisaban su puesto, ajenos a la burla.
La sandía comenzó a verse no solo en las mesas, sino siendo acarreadas en manos de mucha de la población, en escaparates, en bordados, en pintadas en la pared y en fotografías familiares. La fruta, como tal, no necesitaba hablar; su presencia era suficiente para transmitir un mensaje que las palabras no podían pronunciar sin consecuencias. Lo que para un extranjero podía ser solo un alimento, para un palestino era un guiño de complicidad, un recordatorio de que la identidad, como la dulzura de la sandía, no podía ser confiscada. Y los años seguían pasando.
El amanecer en Beit Hanoun todavía olía a pólvora cuando Mahmoud al-Hamadi se arrodilló entre los surcos de la tierra agrietada y seca. Los tanques israelíes acababan de retirarse tras una redada nocturna y entre los escombros de su almacén, al pie de un olivo, encontró lo único que no se habían llevado: la caja con las semillas y los documentos que su padre había escondido. Limpió el polvo que tenían con dedos temblorosos mientras recordaba sus palabras: ‘Estas semillas son como nosotros, hijo. Por mucho que las entierren, siempre volverán a brotar.’
En 1980, con veinte años, Mahmoud ingresó en la Universidad Islámica de Gaza para estudiar Ingeniería Agrónoma. Allí conoció al profesor Darwish, un ex preso político que impartía ‘botánica aplicada’. Les enseñaba desde cómo cultivar sandías en neumáticos reciclados, para evitar confiscaciones, hasta a usar las cáscaras secas como lienzo para la elaboración de mensajes ocultos. Y el más peculiar de todos: el truco de las ‘sandías kamikaze’, frutas huecas rellenas de panfletos políticos o mensajes que hacían rodar colina abajo durante los toques de queda para comunicarse.
Cuando estalló la primera Intifada en 1987, Mahmoud, con veintisiete años, se unió al ‘Comité de Resistencia Agrícola’, un grupo clandestino que usaba los cultivos como armas políticas. Plantaban sandías en terrenos confiscados, organizaban mercados ‘fantasma’ en zonas prohibidas y, cuando los soldados destruían sus cosechas, guardaban las semillas en frascos de medicinas para preservarlas. Las continuas restricciones de acceso a la tierra y al agua, recursos esenciales para la agricultura, redujeron drásticamente su capacidad de producción. Estas limitaciones, derivadas de la confiscación de terrenos para asentamientos ilegales y carreteras de uso exclusivo para colonos israelíes, fragmentaron el territorio y aislaron a comunidades enteras de sus campos.
Imagen de la Primera Intifada en Gaza (21 de diciembre de 1987).
Efi Sharir / Fotógrafo: Agencia de Prensa y Fotografía de Israel (Israel Press and Photo Agency – I.P.P.A.) / Colección Dan Hadani, Biblioteca Nacional de Israel / CC BY 4.0, CC BY 4.0, a través de Wikimedia Commons.
La demolición de estructuras agrícolas como invernaderos, almacenes y pozos, y la destrucción masiva de olivos y otros árboles frutales, algunos de ellos incluso centenarios, no solo afectó a la producción del sector, sino también al patrimonio cultural, ya que el olivo tiene un profundo valor simbólico en la identidad palestina. Estas dinámicas provocaron, además de un deterioro del sector agrícola, un desarraigo social, un aumento del desempleo rural y una desaparición paulatina de las tradiciones y conocimientos agrícolas transmitidos por generaciones. La agricultura palestina, que alguna vez fue un pilar de resiliencia económica y cultural, se ve hoy reducida y fragmentada, enfrentando enormes obstáculos para su recuperación bajo la actual situación política.
El 8 de diciembre de 1987 mientras Mahmoud paseaba pensativo por las calles de la ciudad de Gaza sin destino fijo, vio cómo de repente un camión militar israelí, que circulaba a escasos metros de donde él se encontraba, se estrelló contra dos vehículos civiles que transportaban trabajadores palestinos de vuelta al campamento de refugiados de Jabalia. A pesar de la ayuda inmediata que surgió de todos los allí presentes tras lo ocurrido, el accidente causó la muerte instantánea de cuatro palestinos y dejó a otros siete gravemente heridos. Uno de los heridos falleció posteriormente, elevando el número final de víctimas mortales a cinco. Mahmoud, a pesar de volcar todo su esfuerzo y ayuda con los heridos, sintió que no hizo lo suficiente. Al ver sus manos ensangrentadas a causa de las heridas mortales de varios de sus conciudadanos, el miedo le acechó y un grito ahogado de dolor hizo derramar sus primeras lágrimas.
Tras años de persecución, sufrimiento, humillación y la privación de todos los derechos básicos de los palestinos por parte de Israel, este accidente, al parecer ‘fortuito’, no fue la causa como tal del levantamiento del pueblo, pero fue considerado como un acto intencionado, un acto de venganza por la muerte a puñaladas de un ciudadano israelí ocurrido días antes en un mercado de Gaza. Esto aumentó e intensificó aún más la percepción entre la población de que una vida israelí valía más que una palestina, detonante o chispa que desató una gran oleada de protestas y disturbios.
Efi Sharir, Colección Dan Hadani, Biblioteca Nacional de Israel, Colección Nacional de Fotografía de la Familia Pritzker, CC BY 4.0, a través de Wikimedia Commons
Al día siguiente del accidente, el 9 de diciembre, se celebraron los funerales de las víctimas en Jabalia. Miles de personas acudieron libres y pacíficamente hasta que, el dolor contenido, la ira y la indignación se transformaron en rabia, dando paso a una protesta violenta. Jóvenes palestinos coreaban consignas contra la ocupación israelí y lanzaban piedras contra los soldados allí desplegados, que respondieron con balas de goma, gases lacrimógenos y, después, con fuego real. Las balas silbaban entre la gente. Mahmoud corría sin saber adónde ir, impulsado por el pánico y el instinto. Ese mismo día las fuerzas israelíes mataron a Hatem Al Sesi, un joven palestino de 17 años, convirtiéndolo en una de las primeras bajas con resultado de muerte en Jabalia, epicentro del estallido. Este fue el comienzo de lo que se conocería entonces como la primera Intifada. La violencia se propagó como un reguero de pólvora desde Jabalia a todo Gaza y, en cuestión de días, a Cisjordania y Jerusalén Este.
Cartel titulado «Hatem Al-Sesi Primer Mártir de la Intifada por la Libertad y la Independencia» emitido en 1987 por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (PFLP).
Aunque las autoridades israelíes negaron cualquier intencionalidad y abrieron una investigación sobre lo sucedido en aquel accidente de tráfico, concluyendo que había sido un accidente fortuito, la desconfianza del pueblo palestino hacia las narrativas oficiales fue absoluta.
En los primeros días de la Intifada, mientras los jóvenes se enfrentaban como buenamente podían a los soldados en las calles, Mahmoud y otros agricultores de la Unión de Campesinos de Gaza tejieron una resistencia paralela, silenciosa y extraordinariamente ingeniosa. Bajo la apariencia de una cooperativa agrícola, crearon el Sindicato de la Sandía, que operaba en tres niveles:
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- Operación Bandera Líquida: cada día, al amanecer, las mujeres de las familias agricultoras, inmunes de toda sospecha de los soldados israelíes por los prejuicios de género de la época, transportaban enormes cantidades de zumo de sandía en bidones de plástico. Lo envasaban en pequeñas bolsas de plástico de color verde, blanco y rojo en casas seguras de la ciudad de Gaza y lo distribuían posteriormente en mezquitas y escuelas. El zumo no solo hidrataba a los manifestantes durante los enfrentamientos, sino que las bolsas vacías, infladas y anudadas, se convertían en globos que los niños lanzaban sobre los muros de los asentamientos. Un informe militar israelí de 1989 mencionaba con frustración: ‘Los manifestantes muestran una resistencia física inusual, posiblemente por el consumo de líquidos azucarados de origen desconocido’.
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- Código de las Cosechas: los agricultores desarrollaron un sistema de comunicación basado en la orientación de los surcos de cultivo. En campos visibles desde carreteras principales, las sandías se plantaban en patrones específicos:
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- Surcos en forma de flecha: indicaban la dirección de patrullas militares.
- Círculos concéntricos: señalaban puestos de control temporales.
- Líneas quebradas: alertaban de emboscadas.
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- Los jóvenes que hacían de ‘correo’ en la Intifada, disfrazados de pastores, memorizaban estos patrones desde colinas cercanas para poder trasmitirlos. En 1988 este sistema permitió evitar una redada masiva en el campo de refugiados de Shati.
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- Arte Guerrillero: a finales de 1988, el artista Sliman Mansour, junto con Nabil Anani y Tayseer Barakat, organizó una exposición titulada ‘La Tierra’ (Al-Ard) en la galería Al-Wasiti de Jerusalén Este. Las autoridades israelíes también prohibieron los colores de la bandera palestina en el arte. Pero la respuesta del colectivo fue ingeniosa y revolucionaria: dejaron de usar óleos y acrílicos y comenzaron a crear sus propios pigmentos con materiales de la tierra palestina: arena, arcilla, paja, ceniza, henna y carbón. Pegaban estos materiales sobre madera, creando obras con texturas ásperas y terrosas que representaban escenas de la vida campesina, olivos, mujeres bordando y, de forma sutil, sandías. Una sandía partida, con sus colores verde, rojo, negro y blanco, era la bandera prohibida sin mostrarla explícitamente. Era un código visual que todo palestino entendía, pero que las autoridades tenían dificultad para prohibir, pues podía argumentarse que eran ‘solo escenas de la vida rural’.
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Fotografía de Sliman Mansour (14/09/2023);
© Wiki Palestine (Q117834684), Public domain, via Wikimedia Commons.
Un día, mientras Sliman Mansour y sus colegas recolectaban tierra y arena de las colinas de Hebrón para sus pinturas, su búsqueda por conseguir una mayor autenticidad en la obra, lo llevó también a los campos de Gaza. En Beit Hanoun conoció a Mahmoud, quien, al escuchar su idea, no solo le regaló sacos de arena de su tierra, sino también un material precioso: pigmento natural hecho de la cáscara seca y molida de las sandías ‘Baladi’, que producía un verde intenso, y de la pulpa deshidratada, que ofrecía un rojo oscuro.

Obra al óleo de Sliman Mansour: «Del río al mar» (من النهر الى البحر) año 2021.
Mahmoud, el agricultor, se convirtió así en un proveedor involuntario pero comprometido de la paleta de colores de la resistencia. Las semillas que cultivaba alimentaban los cuerpos, y los pigmentos de su cosecha alimentaban el alma de la revuelta cultural. Mansour utilizó estos pigmentos, mezclados con goma arábiga, para pintar las obras que se colgarían en Al-Wasiti, en una exposición que sería recordada como un hito en la historia del arte palestino.
El 14 de marzo de 1991, Mahmoud fue arrestado durante una incursión nocturna. La acusación: ‘cultivar con intenciones subversivas y alterar el orden del paisaje agrícola’. En la prisión de Ashkelon, descubrió que la sandía seguía siendo un símbolo incluso tras los barrotes. Los presos políticos palestinos, muchos de ellos agricultores, tallaban miniaturas de sandías en trozos de jabón: usaban té robado de la cocina para el verde de la cáscara; betún para las semillas negras; y para el rojo de la pulpa, una mezcla de polvo de ladrillo y gotas de sangre de las hemorragias nasales provocadas por las palizas que recibían en ciertas ocasiones. Intercambiaban estas miniaturas como moneda de resistencia. Tres sandías de jabón equivalían a un mensaje sacado clandestinamente por un abogado, una hora de protección contra delatores o la promesa de cuidar de la familia del preso.
Fue liberado tras pasar casi un año entre barrotes, pero su regreso a Beit Hanoun no fue tan triunfal. Ese tiempo en prisión le hicieron mella, y no solo físicamente. Su semblante estaba surcado por arrugas tan profundas como los surcos de un arado, pero su mirada desorientada y ensombrecida delataba algo más profundo. Esa forma de mirar fijamente al frente, a lo lejos, como si esperara algo con nerviosismo, le aceleraba el ritmo cardíaco y le provocaba escalofríos. A veces creía oír el estruendo de decenas de bulldozers acercándose. Se obligaba a cerrar los ojos con fuerza para volver en sí. Su familia lo besó y abrazó con insistencia, pero notaron que estaba ido, estaba algo perdido. Para él, aquel regreso era el comienzo de un nuevo tipo de resistencia, una que se libraría con las uñas llenas de tierra y el alma cargada de una paciencia antigua, propia de los campesinos. Esa terquedad de existir, persistir y esperar contra toda esperanza el momento de la cosecha, se convertiría en su arma más poderosa.
Con los años, se vislumbró un nuevo horizonte, o al menos eso parecía. La firma de los Acuerdos de Oslo en 1993 fue un baluarte de esperanza en un escenario de ocupación y resistencia constantes. Tras años de la Primera Intifada, ambos bandos, el israelí y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), en representación del pueblo palestino, buscaban una salida política. Estaba en juego la creación de la Autoridad Nacional Palestina y la promesa de un Estado propio en los siguientes cinco años.
Bill Clinton, Yitzhak Rabin, Yasser Arafat en la Casa Blanca durante los acuerdos de Oslo el 13 de septiembre de 1993.
Pero el optimismo pronto se agrió. La realidad sobre el terreno fue la creación de una autonomía frágil y fragmentada: los territorios palestinos se dividieron en zonas desvinculadas, los asentamientos israelíes se expandieron como manchas de aceite, o más bien como hongos venenosos, y el control sobre las fronteras, el agua y los movimientos de la población, con el incremento de número de checkpoints, persistió bajo nuevas formas de terror. Para muchos Palestinos, Oslo no fue la liberación esperada, sino una ocupación remodelada, más burocrática pero igual de asfixiante, que congeló el conflicto en una paz imperfecta y teñida de desencanto.
Ante esto, Mahmoud decidió no dedicarse solo al cultivo de sandías. Con semillas importadas de Egipto, diversificó el cultivo de su tierra plantando tomates cherry, berenjenas y hierbas aromáticas. Era su forma de creer en un futuro y prepararse para exportar a un mundo que parecía estar abriéndose paso. El ‘Sindicato de la Sandía’ se reconvirtió en una cooperativa agrícola legal. Su lucha ya no era solo contra la prohibición de los colores de la bandera, sino también contra la burocracia israelí que impedía vender sus productos en Cisjordania. La resistencia se volvió económica: persistir era resistir.
La segunda Intifada estalló en el año 2000, arrasando con las frágiles esperanzas de Oslo. La violencia fue más dura y tecnológica con la presencia de decenas de tanques Merkava israelíes entrando en Beit Hanoun, convirtiendo sus calles de tierra en campos de batalla. Mahmoud pudo ver cómo esos tanques oruga convertían sus invernaderos en montañas de plástico destrozado y tierra revuelta. La razón: ‘despejar terreno para operaciones de seguridad’.
Esa misma noche, con lágrimas de rabia y desesperación, cavó en lo profundo de su patio y desenterró la lata oxidada con las semillas que su padre había escondido. La apretó contra su pecho como quien guarda el alma de un pueblo. Volvió a plantarlas en macetas hechas con neumáticos viejos, escondidas entre las ruinas de su casa. Si no podía cultivar para vivir, cultivaría para recordar.
El bloqueo posterior ahogó Gaza en una asfixia lenta y metódica. El acuífero costero se volvió salobre e imbebible. Regar con esa agua quemaba las raíces de todas las plantas. Sus sandías ahora eran pequeñas, deformes y tenían un regusto amargo. Cada bocado sabía a asedio. Las semillas se volvieron objeto de contrabando, ya que Israel restringió su entrada, temiendo que se usaran para ocultar explosivos. Mahmoud empezó a depender de contrabandistas que introducían semillas híbridas israelíes de baja calidad desde Egipto a través de los túneles de Rafah. Cada paquete costaba una fortuna.
Mural pintado en la pared de una calle de Barcelona, España, que muestra las palabras ‘Palestina Lliure’ (‘Palestina Libre’) junto a una sandía abierta.
Desde entonces, cada bombardeo fue borrando pedazo a pedazo el mapa de su vida, dejando solo escombros y memoria. Pero un Mahmoud ya anciano encontró nuevas formas de lucha: junto a otros, creó ‘El Banco de Semillas de la Memoria’, una red clandestina para preservar semillas de variedades tradicionales palestinas como la sandía Baladi, el trigo Qarmouni o el tomate heirloom de Hebrón. Se intercambiaban en sobres cerrados, como secretos de estado, en bodas y funerales.
Gracias a su nieta Yara, comenzó el ‘Activismo Digital’. Ella le enseñó a usar un smartphone. Juntos crearon un perfil en redes sociales bajo el nombre de ‘El Agricultor Tercamente Verde’, donde subían fotos de sus sandías amargas creciendo entre el hormigón destrozado. Activistas internacionales empezaron a seguirlos. Una foto suya, con una sandía en una mano y la llave antigua de su aldea en la otra, dio la vuelta al mundo. En 2023, ya con la salud quebrantada y postrado en una silla de ruedas, miraba cómo sus nietos plantaban las semillas que había guardado toda su vida. Sosteniendo un puñado de tierra en una de sus manos envejecidas tenía la certeza de que esta nunca se había negado a dar frutos incluso en los momentos más difíciles. Cada semilla que hacía brotar era un acto de fe en un futuro que, aunque no llegara para él, sabría que fue regado con lágrimas y regado con esperanza.
Para Mahmoud al-Hamadi, de 63 años, el 7 de octubre de 2023 comenzó como cualquier otro día de asedio en Beit Hanoun. El aire, cargado de polvo y salitre, llevaba dieciséis años oliendo a bloqueo. Sus manos, debilitadas por la edad, ya no podían sostener el arado, pero cada mañana aún acariciaban la tierra, buscando en su rugosidad el consuelo de lo permanente.
Esa mañana, un estruendo lejano, distinto al zumbido de los drones o a los bombardeos esporádicos, sacudió los cristales de su casa. Era un trueno continuo que venía de la frontera. Las noticias llegaron a través de WhatsApp, en mensajes fragmentados y urgentes: Hamas había roto el cerco. Lo llamaban ‘Inundación de Al-Aqsa’. Para muchos jóvenes, era un grito de guerra. Para Mahmoud, que había vivido la primera Intifada, los acuerdos de Oslo y tres guerras anteriores en Gaza, aquel sonido le heló la sangre. No era el sonido de la liberación, sino el preludio de una carnicería anunciada.
Imagen de la guerra de Gaza. Fotografía de Jaber Jehad Badwan, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons.
En los días siguientes, bajo la operación ‘Espadas de Hierro’ de Israel, la vida se redujo a pura supervivencia. Los bombardeos arrasaron gran cantidad de pueblos y ciudades reduciendo a escombros grandes hospitales, colegios, guarderías… e incluso campamentos de refugiados. Eso mismo ocurrió también con Beit Hanoun. La casa de Mahmoud, reconstruida tantas veces, fue reducida a escombros por un misil y su nieta Yara, la activista digital que había llevado su historia al mundo, fue asesinada por dos jóvenes soldados israelíes junto a sus tres hijos en Jabalia, buscando agua. El 29 de febrero de 2024, tras miles y miles de muertes, ¡quién sabe cuántas!, la ‘masacre de la harina’ se llevó a su vecino Abu Mohamed, con quien había compartido semillas y penurias. Nadie debería morir, o más bien, NADIE DEBERÍA SER ASESINADO al intentar obtener alimentos básicos para saciar la hambruna extrema provocada por el continuo bloqueo llevado a cabo por el ejército de Israel. Eran muchos los civiles que se agolpaban junto a los pocos camiones de ayuda humanitaria que podían llegar al pueblo y era en ese momento cuando los soldados israelíes disparaban sin compasión matando a decenas de ellos.
Imagen de la guerra de Gaza. Fotografía de Jaber Jehad Badwan, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons.
Desplazado a la fuerza hacia el sur, Mahmoud terminó en una tienda de campaña de un campo de refugiados en Rafah. Lo hizo acompañado, hasta entonces, de su único hijo vivo, Ahmed y de gente desconocida. Como pertenencias solo llevaba una bolsa que contenía sus documentos y la lata oxidada de semillas de sandía. No había sobrevivido ninguno más de sus familiares; ¡ni siquiera su amada esposa ‘Anisa’! Todos quedaron en el camino en medio del caos, la hambruna y el cólera. Un día de invierno de diciembre de 2024 un periodista lo encontró sentado frente al mar, con lo que parecían ser unas pocas semillas entre sus manos. ‘¿Qué piensa hacer con esas semillas ahora?’, le preguntó. Mahmoud las acarició con dedos temblorosos. ‘Estas semillas sobrevivieron a la Nakba, a las intifadas y a todos los bombardeos. Sobrevivirán a esto. No las plantaré para mí, sino para los que queden. Mientras haya una semilla, habrá un testigo’.
El 5 de enero de 2025, Mahmoud al-Hamadi murió de desnutrición y neumonía en Rafah. Sus últimas palabras fueron para su hijo Ahmed: ‘Guarda las semillas. No para vengarnos, sino para recordar al mundo que esta era nuestra tierra, y que intentamos vivir en ella con dignidad’. Ahmed enterró la lata bajo una piedra cerca de la valla egipcia, marcando el lugar con una cáscara de sandía seca. Allí permanece, a la espera de que, en un futuro incierto, alguien la desentierre y vuelva a plantar la memoria de una tierra que, para Mahmoud, siempre fue sinónimo de resistencia. Más allá de ese fatídico día en el que Mahmoud perdió la vida, Israel continuó asolando pueblos y ciudades, torturando de hambre y masacrando a muchísimas más personas inocentes. Su primer ministro, Benjamin Netanyahu, reconoció con sus actos y palabras querer garantizar que los palestinos nunca ejercieran su derecho a la autodeterminación.
Retrato de Mahmoud al-Hamadi a los 63 años.
El 16 de septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado hizo público un exhaustivo informe de 72 páginas que representa un punto de inflexión en el escrutinio legal del conflicto. Tras una meticulosa recopilación de evidencias, el organismo concluyó, basándose en ‘fundamentos razonables’, que el Estado de Israel, sus altos funcionarios y sus fuerzas armadas han cometido y perpetúan actos constitutivos de genocidio (actus reus), existiendo además indicios suficientes de una intención específica (mens rea) para consumarlo.
De acuerdo con el informe final de la Comisión Internacional de Investigación, designada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, se alega que las autoridades y fuerzas israelíes han incurrido en actos constitutivos de genocidio contra la población palestina en la Franja de Gaza. El documento sostiene la comisión de cuatro de los cinco actos definidos por la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Las imputaciones específicas detalladas en el informe son las siguientes:
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- 1.- Actos de homicidio: la comisión documenta la muerte de miembros del grupo a través de una estrategia que incluiría el bombardeo sistemático de objetivos con estatus protegido, así como ataques directos contra la población civil y otras personas bajo protección internacional. A esto se suma la imposición deliberada de condiciones de vida que habrían provocado la muerte masiva de palestinos por inanición, enfermedad y exposición.
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- 2.- Causar lesiones graves físicas o mentales: el informe identifica múltiples vectores para este fin, entre los que destacan los ataques directos contra civiles y bienes civiles, el maltrato severo e indiscriminado a detenidos, las políticas de desplazamiento forzado masivo y la destrucción generalizada del entorno ambiental, esencial para la vida y la salud de la comunidad.
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- 3.- Sometimiento intencionado a condiciones de existencia destructivas: la comisión alega la existencia de una política calculada para provocar la destrucción física del grupo. Esto se habría materializado mediante la demolición de infraestructuras críticas y tierras productivas; la destrucción y el bloqueo al acceso de servicios médicos y sanitarios; la interrupción sistemática del suministro de ayuda humanitaria esencial, agua, electricidad y combustible; la comisión de actos de violencia reproductiva; y la creación de condiciones de vida particularmente lesivas para la supervivencia y el desarrollo de los niños.
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- 4.- Imposición de medidas para impedir los nacimientos: como evidencia de este cargo, el informe cita de manera específica el ataque perpetrado en diciembre de 2023 contra la principal clínica de fertilidad de Gaza. Dicho ataque, según los investigadores, resultó en la presunta destrucción de aproximadamente 4.000 embriones, así como de más de 1.000 muestras de esperma y óvulos no fecundados, lo que constituiría un golpe devastador a la capacidad reproductiva futura de la población.
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La autoridad detrás de este contundente documento refuerza su peso. La comisión está presidida por Navi Pillay, jurista de reconocido prestigio internacional cuya trayectoria incluye haber sido jueza en la Corte Suprema de Sudáfrica y en la Corte Penal Internacional, además de ocupar el cargo de Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos entre 2008 y 2014. Pillay, en la rueda de prensa posterior a la publicación del informe, fue directa y terminante, evitando ambigüedades: ‘La Comisión concluye que Israel es responsable de cometer genocidio en Gaza’ Y añadió, con crudeza: ‘Es evidente que existe una intención de destruir al pueblo palestino en Gaza mediante actos que cumplen los criterios establecidos en la Convención sobre el Genocidio’.
Mapa oficial de la ocupación de Palestina por parte de Israel a lo largo de los años.
El 8 de octubre de 2025, en un movimiento que reactivó su papel de mediador en la geopolítica global, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció públicamente que el gobierno de Israel y el movimiento militante palestino Hamás, habían alcanzado un principio de acuerdo suscribiendo su fase inicial.
Los términos de esta primera fase, descritos en el anuncio, establecían un canje humanitario de una escala sin precedentes en décadas: la liberación de la totalidad de los rehenes en poder de Hamás que se encontrasen con vida, a cambio de la excarcelación de 2.000 prisioneros palestinos bajo custodia israelí. La magnitud de la contrapartida palestina quedaba subrayada por la inclusión de 250 individuos condenados a cadena perpetua, un segmento cuya liberación Israel había resistido tradicionalmente por consideraciones de seguridad nacional. Como contrapartida estratégica adicional, y en un gesto interpretado como un significativo retroceso táctico, Israel acordó retirar sus unidades militares de las posiciones avanzadas en la Franja de Gaza, replegándolas hasta las líneas preexistentes al último estallido de violencia.
Derivado de estos acuerdos, un alto el fuego formal entró en vigor en la mañana del 10 de octubre de 2025, estableciendo una frágil tregua de 72 horas destinada a crear el corredor humanitario y logístico necesario para la ejecución de las complejas operaciones de intercambio y repliegue.
¿Cuánto tiempo durará este período de paz?, ¿será real y duradero?, ¿el pueblo palestino saldrá verdaderamente beneficiado? Con el paso de los días hemos podido comprobar que no ha sido un alto al fuego permanente ‘DE POR VIDA’ y se han seguido menoscabando aun más los derechos humanos hacia este pueblo. ¿Dónde estará el fin de esta barbarie?
En memoria de los cientos y miles de palestinos asesinados solo por serlo y por defender su casa como lo hizo Mahmoud al-Hamadi.
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- Abulhawa, S. (2021). Against the Loveless World. Atria Books. Novela que explora resiliencia y memoria en clave ficcional.
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Fuentes de Verificación Adicional:
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- B’Tselem (Centro Israelí de Derechos Humanos): Informes sobre ocupación y violencia en Gaza.
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- Visualizing Palestine: Proyectos de datavización sobre desplazamientos y violencia estructural.
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- Al-Haq (Organización Palestina de Derechos Humanos): Documentación legal de crímenes de guerra.
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- Abu-Lughod, L. (2006). Drama and the Everyday: Palestinian Life in Gaza. Journal of Palestine Studies, 35(3), 6-19.
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- Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, y sobre Israel. Análisis jurídico de la conducta de Israel en Gaza conforme a la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Documento A/HRC/60/CRP.3. Ginebra: Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, 16 de septiembre de 2025. 72 p.
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© El Platillo Comilón





2 Comments
Alex
Una historia necesaria de conocer muy bien redactada
Sr. Comilón
Muchas gracias Álex por tu aportación y por visitar una vez más nuestra cocina.