Menú Cultural

‘Los comedores de patatas’ de Vincent van Gogh (De Aardappeleters van Vincent van Gogh)

© El Platillo Comilón

 © EL COPYRIGHT DE LAS IMÁGENES PERTENECE  A SUS RESPECTIVOS AUTORES / MUSEOS Y/O FUNDACIONES

 

“Para hacer un buen trabajo uno debe comer bien, estar bien ubicado, tener una aventura amorosa de vez en cuando, fumar su pipa, y beber su café en paz.”

     Hoy en nuestro Menú Cultural os queremos presentar la obra ‘Los comedores de patata’, en neerlandés ‘Aadappeleters’, realizada por Vincent Van Gogh en 1.885, pero no sin antes comentar algo sobre su vida para centrarnos un poco y entender el porqué de la misma.

     Vincent Willem van Gogh nació en Zundert, Países Bajos, el 30 de marzo del año 1.853 dentro de un austero y humilde hogar fruto del matrimonio compuesto entre el pastor protestante calvinista neerlandés Theodorus van Gogh y su esposa Anna Cornelia Carbentus. Como curiosidad, decir que recibió el mismo nombre que le habían puesto a un hermano que tuvo y que nació muerto un año antes que él. Pero tras él vinieron otros: Anna Cornelia (1.855), Theodorus (1.857), Elisabeth Huberta (1.859), Willemina Jacoba (1.862) y Cornelis Vincent (1.867).

 

     

     Como él dijo en varias ocasiones refiriéndose a su infancia… “Mi juventud fue triste, fría y estéril”. Y realmente no fue fácil. Acudió a la escuela de manera discontinua e irregular ya que sus padres lo enviaron a varios internados. El primero de ellos en Zevenbergen en el año 1.864, donde estudió francés y alemán.  Dos años después se matriculó en la escuela secundaria HBS Koning Willem II, en Tilburg, viviendo con la familia Hannik en la calle Sint Annaplein 18-19. Allí permaneció hasta que abandonó definitivamente los estudios a los quince años. Desde entonces comenzó su afición por la pintura.

     Como él dijo en varias ocasiones refiriéndose a su infancia… “Mi juventud fue triste, fría y estéril”. Y realmente no fue fácil. Acudió a la escuela de manera discontinua e irregular ya que sus padres lo enviaron a varios internados. El primero de ellos en Zevenbergen en el año 1.864, donde estudió francés y alemán. Dos años después se matriculó en la escuela secundaria HBS Koning Willem II, en Tilburg, viviendo con la familia Hannik en la calle Sint Annaplein 18-19. Allí permaneció hasta que abandonó definitivamente los estudios a los quince años. Desde entonces comenzó su afición por la pintura.

    Gracias a la intermediación de su tío Cent, comenzó a trabajar con 16 años en la sucursal de La Haya, casi recién inaugurada, concretamente en el año 1.861, de una de las empresas marchantes de bellas artes y grabados más conocidas de toda Europa: Goupil & Cie.’, con sedes también en París, Londres, Berlín, Bruselas y Nueva York.

 

Sede de Goupil & Cie en La Haya

 

Pensión de la familia Roos

 

   Al ser el empleado más joven de la empresa, le tocaba hacer los trabajos menos cualificados, como era el embalaje y desembalaje de obras de arte, ayudar en la superposición de fotografías y grabados con papel de seda… Empezó ganando un sueldo de 30 florines, prácticamente una miseria con la que no podía sufragar el gasto de la pensión donde vivía: la pensión Roos, dirigida por Marinus Roos y su esposa Dina Magrieta van Aalst. Eran 34 florines los que pagaba al mes, y esos 4 que le quedaban por llegar al pago total, se los ponía su padre.

 

 

 

 

 

Fotografía de Eugenia Loyer

 

 

   Cuatro años después le trasladaron a la sucursal de Londres para suministrar obras de arte a los comercios del lugar. Allí se hospedó en una pensión regentada por la viuda Sarah-Ursula Loyer ubicada en el barrio de Brixton. Tal fue su apego por los Loyer, que llegó a considerarlos como de su propia familia. Durante su estancia en esta casa conoció a Eugenia, la hija de la dueña, y se enamoró perdidamente de ella. Pero para decepción de su alma enamoradiza, la chica ya estaba comprometida con otro joven. Le dolió tanto, que su carácter empezó a empeorar desde entonces, volviéndose cada vez más serio, melancólico y retraído. Esta situación le hizo mudarse a otra pensión, pero poco tiempo después, a finales de 1.874, le trasladaron de nuevo, esta vez, a la sucursal de París.

 

 

     Esta vez, el día 1 de abril de 1.876 fue oficialmente despedido de la empresa Goupil & Cie., parece ser que por una ausencia no justificada en la festividad de Navidad; aunque las malas lenguas dicen que su temperamento y carácter hacia los clientes también tuvo algo que ver.

     Es a partir de este momento cuando su vida da un auténtico vuelco decidiendo dedicarse en cuerpo y alma a la religión. Tal fue así, que en noviembre de 1.878 acudió como misionero voluntario a la región minera de Borinage, un pequeño pueblecito belga, dedicado a la minería y la agricultura para ejercer como pastor evangelista.

    El acento francés tan refinado que tenía lo había adquirido durante su etapa en París, pero no encajaba lo más mínimo con las gentes del lugar, de habla más bien tosco e inaccesible. Pero lejos de rendirse en su intento, se integró aún más con aquellas gentes, hasta tal punto, que regaló todas sus posesiones materiales y decidió vivir como un auténtico minero. Esto le empujó a bajar a la mina y ver el submundo que se desarrollaba en sus entrañas. Quedó tan impactado con las condiciones laborales de aquellas pobres gentes, que le dio pie a comenzar a dibujar bocetos, láminas… donde intentaba representar la dignidad de las personas en el trabajo.

 

Postal de la Mina de carbón de Marcasse, Borinage (Bélgica, 1.879)

 

     Esa etapa fue muy dura para su familia, incluido su hermano Theo, con el que mantenía una continua relación por carta, porque apenas recibían noticias de su vida. Su padre incluso llegó a pensar ingresarlo en una institución psiquiátrica. Lo que nadie supo hasta más tarde es que esta experiencia tan dura le cambiaria de por vida y asentaría años más tarde las bases de su futuro trabajo como pintor.

     Años sin parar de un sitio para otro concluyeron por fin en 1.883 en Nuenen, en casa de sus padres. El recibimiento no fue muy cordial que se diga, ya que estuvieron sin verle desde las navidades del año 1.881 y eso les dolía. Pero no volvió solo, lo hizo con un cierto bagaje en lo que se refiere al mundo de la pintura y un sinfín de inquietudes que quería plasmar en sus obras.

 

Casa familiar de los van Gogh (1.883)

 

Estudio de Vincent van Gogh en la casa familiar (1.883)

 

     Fue en 1.885 cuando Vincent van Gogh pintó la que llegó a considerar una de sus grandes obras: ‘Los comedores de patatas’. Sus representaciones hasta entonces solo reflejaban a un individuo, en este caso tuvo la osadía de representar a varios a la vez, enlazando incluso las posibles relaciones que se daban entre ellos a ojos del espectador. Pero esto no llegó de repente, sino que pasó bastante tiempo haciendo bocetos de caras y siluetas humanas hasta que dio con la tecla.

 

 

     Antes de hacer esta obra, Van Gog realizó varios retratos y bocetos que luego plasmó en ‘Los comedores de patatas’. Uno fue el de un hombre que sostenía una taza en la mano y el otro retrato el de una mujer, Gordina De Groot. Ambos representan a campesinos del lugar, una de sus fuentes inagotables de inspiración. Fijaos bien en los duros rasgos de sus caras, de semblante serio y de mirada directa.

 

 

     Pero… ¿quiénes eran esos campesinos? Estos dos retratos fueron utilizados posteriormente en la obra que os presentamos hoy en nuestro Menú Cultural. Se trataba nada más y nada menos que de dos miembros de la familia De Groot. La mujer, Gordina, ya había sido retratada en varias ocasiones, de ahí que se la conozca perfectamente. Algunos miembros de la familia De Groot posaban para Vincent y así se sacaban un dinerillo. De hecho, pintó a Cornelia, la madre, y a varios de sus hijos, incluida Gordina. Así se lo explicaba a su hermano Theo en una de las numerosísimas cartas que le escribió:

 

     “Aquí dos rasguños después de un par de estudios que hice, mientras que al mismo tiempo estoy trabajando en esos campesinos alrededor de un plato de patatas otra vez. Acabo de llegar a casa desde allí, y he trabajado más en él a la luz de una lámpara, aunque esta vez lo comencé a la luz del día.

     Mira, esto es en lo que se ha convertido ahora la composición. Lo he pintado en un lienzo bastante grande, y tal como está ahora el boceto, creo que hay vida en él.”

(Carta 492 de Vincent van Gogh a su hermano Theo. Nuenen, jueves 9 de abril de 1.885).

 

 

     He querido dedicarme conscientemente a expresar la idea de que esa gente que, bajo la lámpara, come sus patatas con las manos que meten en el plato, ha trabajado también la tierra, y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente.

    He querido que haga pensar en una manera de vivir completamente distinta a las personas civilizadas. Así, pues, no deseo en lo más mínimo que nadie lo encuentre ni siquiera bello ni bueno.

     Durante todo el invierno, he tenido en mis manos el hilo de este tejido del cual buscaba el modelo definitivo, y si ahora se ha vuelto un tejido de aspecto rudo y grosero, no es menos cierto que los hilos han sido elegidos con cuidado y siguiendo ciertas reglas. Y bien podría suceder que esto fuera una verdadera pintura de aldeanos. Yo sé que es así. Pero el que prefiera ver aldeanos almibarados, que pase de largo. Por mi parte, estoy convencido de que a la larga se obtienen mejores resultados pintándolos en toda su rudeza que dándoles un primor convencional.

Con su falda y su camisa azules, cubiertas de polvo y remendadas, y que bajo el efecto del tiempo, del viento y del sol, han tomado los más delicados matices, una muchacha de una granja es, a mi parecer, más hermosa que una dama; que se vista como una señora y todo lo que hay en ella de verdadero desaparecerá.

     Un aldeano es más bello entre los campos, con su traje de fustán, que cuando va a la iglesia el domingo, acicalado como un señor.

     Y de la misma manera, sería un error a mi parecer, el dar a una pintura de aldeanos una pulcritud convencional. Si una pintura de aldeanos huele a grasa, a humo, a olor de patatas, ¡perfecto! No es malsano; si un establo huele a estiércol, ¡bueno!… por eso es un establo; si los campos tienen un olor de trigo maduro o de patatas o de guano y estiércol, allí está precisamente la salud, sobre todo para los ciudadanos.

De tales cuadros se aprende algo útil. Un cuadro de aldeanos no debe estar jamás perfumado. Estoy ansioso de saber si encontrarás en el mío algo que te plazca; por lo menos así lo espero. Estoy encantado de que el señor Portier haya dicho que quiere ocuparse de mis obras. Por mi parte, he hecho cosas más importantes que simples estudios.

(Carta 497 de Vincent van Gogh a su hermano Theo. Nuenen, jueves 30 de abril de 1.885).

     Desprendía un gran entusiasmo por la elaboración de esta obra, esperando incluso que fuese el inicio y el punto de inflexión en su carrera artística, aquella que le encumbrara a la fama. Esto le llevó a hacer varios bocetos más de la misma para que fuera perfecta.

 

Detalle de la lámpara colgada del techo en su obra final de ‘Los comedores de patatas’

 

 

 

   En el primero de ellos solo aparecían cuatro personas y se centró mucho más en los efectos de la luz que desprendía la lámpara encendida que se encuentra sobre la mesa y cómo se distribuía por la habitación, que en los detalles físicos de las personas y del lugar donde se encontraban.

     Además, si lo comparamos con la obra final, el plato de patatas está en el lado contrario de la mesa.

 

 

 

 

 

 

Estudio para ‘Los comedores de patatas’ (1.885). Vincent van Gogh. Van Gogh Museum, Amsterdam

(Vincent van Gogh Foundation)

 

     En el Segundo boceto podemos ver cómo el plato de patatas ha cambiado ya a su lugar definitivo en la mesa y se ha agregado una persona más a la misma. Se ven unas tazas de café y alguien sirviéndolo… vamos observando que cada vez adquiere más detalles y mucha más elaboración en los mismos.

 

Vincent van Gogh (1.853 – 1.890), Los comedores de patatas , 1.885. Museo Kröller-Müller, Otterlo

 

     Como espectadores, cuando nos ponemos frente a ella, lo primero que nos puede llamar la atención es lo sombría que parece. Está dominada por tonos grises, verdes y marrones muy apagados, pero, pese a todo ello, Vincent utilizó y mezcló multitud de colores hasta dar con el resultado final. Sí, parece mentira, pero hay mucho más color del que realmente podemos detectar, aunque a simple vista predomine el color apagado, oscuro y mate, quizás como el de las mismas patatas recién cosechadas y sin lavar que aparecen sobre la mesa.

     La cara de los personajes lo dice todo, son unos campesinos de escasos recursos económicos y carentes de cualquier ápice de felicidad. Aparecen serenamente sentados, seguro que tras un día duro de trabajo a las costillas. Representa la dura vida de estas personas para ganarse la poca comida que pueden llevarse a la boca. Sus rostros son toscos, serios, con manos huesudas y trabajadas. La intención de Vincent van Gogh era mostrar al espectador cómo estos personajes, seguramente, y cada uno a su manera, eran los mismos que labraban la tierra con sus propias manos para poder comer lo que tenían en ese momento sobre la mesa.

 

Detalle de las caras de ‘Los comedores de patatas’

 

Detalle de las manos ‘huesudas’ de ‘Los comedores de patatas’

 

Detalle del servicio de café en ‘Los comedores de patatas’

 

 

 

 

     La escena llega ser tan cautivadora que hace que se nos escapen varios detalles del lugar donde se encuentran. A mano izquierda, en la parte superior, podemos encontrar un reloj de pared, parece ser que de madera, que marca las siete, entendemos, que de la tarde. A su lado se encuentra un pequeño cuadro con motivos religiosos.

 

 

 

 

 

     Y en el otro lado, colgando de lo que parece ser una viga de madera del techo, aparece entre tinieblas una jarra con varios cubiertos asomando por ella. Al lado aparece una masa algo imperceptible, pero ya os adelantamos que se trata de algún tipo de salchicha de carne embutida en tripa de cerdo.

 

     Y existe otro detalle, esta vez muy bien escondido… en la obra aparece lo que sería el indicio de la firma del artista. En la siguiente imagen, una versión iluminada y en blanco y negro de la misma, se puede percibir la firma en el respaldo de la silla del personaje que está a la izquierda.

 

Versión iluminada y en blanco y negro de ‘Los comedores de patatas’ donde podemos percibir la firma del artista en el respaldo de la silla

 

     Vincent van Gogh creía que esta obra sería su lanzamiento al éxito porque realmente la había hecho desde el sentimiento más profundo. Creía tanto en ella que, incluso antes de acabarla, realizó un par de litografías: una para enviársela a su hermano Theo para que se dispusiera a promocionarla en los círculos de arte más selectos de París, y otra para su gran amigo y artista Anthon van Rappard. Pero nada salió como se esperaba. A su hermano le pareció oscura, demasiado sombría para la época y a su amigo le gustó menos aún, llegando incluso a poner todo tipo de faltas burdas y sin sentido a la misma. Llegó a decir… «¡Venga ya! Creo que el arte es demasiado relevante como para tratarlo con tanta arrogancia». Esto marcó el final de su amistad.

 

     En la imagen de la litografía podemos comprobar que está invertida, como si se tratara de un reflejo en un espejo. Y así fue como se las envió a sus allegados, pero… ¿sabéis cuál fue la razón?

 

Litografía de ‘Los comedores de patatas’

 

     Vincent consiguió hacerse con una piedra litográfica del taller del padre de Dimen Gesten, un alumno suyo en Eindhoven, y en prácticamente un solo día pasó directamente en la piedra, de memoria y sin dibujos previos, la imagen de Los campesinos comiendo patatas sin pensar que, a la hora de imprimirla en papel, las figuras quedarían invertidas. Como se puede observar, en la litografía, a diferencia de la obra original, la luz parece mayor sacando todos los detalles que había escondidos.

     Su hermano ni se molestó en ponerla a la venta ni en enseñarla siquiera. La dejó sobre la repisa de su chimenea como si nada. Un triste final para la que hoy en día es considerada una de las mejores obras del pintor.

 

     Y ahora llega el momento de la historia que todos, o casi todos, hemos oído: cuando Vincent van Gogh se corta su propia oreja izquierda con una navaja barbera.

 

La casa amarilla (The yellow house, 1.888) Van Gogh Museum, Amsterdam (Vincent van Gogh Foundation)

 

     Vincent van Gogh tenía 35 años cuando llegó a vivir a Arles, un pequeño pueblecito francés, situado al sur del país. Pasó de vivir en una pequeña habitación del Hotel-Restaurante Carrel a parte de una casa conocida como ‘La Casa Amarilla’, situada en Plaza Lamartine. Hizo de ese espacio su estudio y durante este periodo de tiempo fue muy productivo artísticamente hablando. Sus cuadros se caracterizaban por los colores tan llamativos que usaba y por la gran expresividad que irradiaban. En esta época también se codeó con grandes artistas como Dodge MacKnight o Christian Mourier-Petersen entre otros. Un día se le ocurrió invitar a su gran amigo Paul Gauguin, que se quedó a vivir durante una temporada en su casa.

 

 

     Al principio las cosas entre ellos no iban mal, todo lo contrario, vivían y trabajaban en armonía, hasta que sus distintas maneras de pensar y ver la vida, el antagonismo de sus personalidades y la divergencia de ideas que manifestaban sobre el arte, los llevó a tensar su gran amistad. Tanto que, llegado el día 23 de octubre del año 1.888, en un ataque de locura y parece ser que, con unas poquitas copas de más de absenta, Vincent perdió los papeles y se autolesionó la oreja izquierda con una navaja barbera. Cogió el trozo de oreja que se cortó, lo envolvió en papel de periódico o en un trapo, según otras versiones, y en medio de la noche se lo llevó a una mujer. Unos dicen que fue a una prostituta llamada Rachel, otros a la hija de un granjero de 19 años llamada Gabrielle. Fuera como fuese, el caso es que se cortó la oreja (o al menos eso dice una de las muchas teorías que se barajan sobre lo que ocurrió aquella noche).

     Lo que Vincent no sabía es que fue su propio hermano Theo quien pagó a Gauguin para que hiciese esa visita a su hermano. A los pocos días de estar con él les escribía a sus amigos de París diciéndoles…’Tengo que salir de aquí. No puedo soportarlo más.’

 

     Un policía, alertado por la mujer que recibió tal presente, acudió al día siguiente a la casa donde vivía y se alarmó al ver el estado en el que se encontraba. Estaba tumbado sobre la cama en posición fetal y con la cabeza envuelta por varios trapos empapados de sangre. Fue trasladado al hospital en ese mismo instante. Fue atendido por el Doctor Félix Rey desde su ingreso el 24 de diciembre al 7 de enero de 1.889 y tras este episodio tuvieron cierto contacto amistoso entre ellos. Incluso Vincent le hizo un retrato que poco tiempo después le regaló.

 

Retrato del Doctor Rey (Vincent van Gogh 1.889) Museo Pushkin de Moscú

 

    Este lo aceptó cortésmente, pero cuando lo tuvo en casa, no lo quería ni ver de lo feo que le parecía. Llegó a decir que le parecía horroroso y que no lo pondría a la vista de la gente, así que lo dejó en el desván. Es más, cuando un vidrio del gallinero que tenían en casa, su madre lo cogió para tapar el agujero con él. Pasaron más de 10 años hasta que un pintor seguidor de la obra de van Gogh le convenció de su valor. Algo reticentes, lo cogieron y limpiaron bien y llamaron al marchante de arte Ambroise Vollard quien les llegó a ofrecer por él hasta 50 francos. El Doctor Félix Rey le pidió 150, a lo cual Ambroise acabó aceptando. Aun así, este siguió manteniendo hasta el final de sus días que ese tal ‘van Gogh’ era un auténtico fraude y su fama no sería más que una moda pasajera. El retrato se exhibe actualmente en el Museo Pushkin de Moscú.

 

     Se ha especulado mucho sobre la historia de la oreja de van Gogh, pero gracias al descubrimiento de una carta escrita en el año 1.930 por el mismísimo doctor Félix Rey, sabemos la verdad. El doctor describe en ella, con gran lujo de detalles, cómo fue el corte que Vincent se había autoinfligido.

     Los bocetos fueron descubiertos recientemente por la escritora Bernadette Murphy en el archivo del escritor Irving Stone en la Biblioteca Bancroft, en la Universidad de California, Berkeley, mientras investigaba para su libro ‘Van Gogh’s Ear: The True Story’. Gracias a este gran descubrimiento, sabemos la verdad.

 

Carta del Doctor Félix Rey donde explica la lesión que se hizo Vincent van Gogh en su oreja izquierda (1.930)

 

     En ella dice: «Estoy feliz de poder brindarte la información que me pediste sobre mi infeliz amigo Van Gogh. Espero que glorifiques el genio de este notable pintor. Cordialmente, Dr. Rey.»

     En el papel aparece primero el dibujo de una oreja con una línea punteada y se dice que la oreja se cortó con una navaja siguiendo la línea punteada.

 

 

     Luego hay otro dibujo con el aspecto de lo que quedó de ella tras el corte.

 

 

     Pocos años después van Gogh fue ingresado en un psiquiátrico en Saint-Rémy-de-Provence, en el sur de Francia por sus repentinos ataques de ira, por sus paranoias, etc. Los diagnósticos que los médicos le daban, iban cambiando a medida que avanzaba la medicina: desde esquizofrenia, bipolaridad, epilepsia y psicosis, hasta depresión. En la actualidad, son muchos los especialistas que, gracias al estudio de todas las cartas que escribió a su hermano y que se pudieron recopilar, dan sus versiones del mal que le devoró. Personalmente creo que no lo sabremos nunca a ciencia cierta. Sí que nos podemos hacer una idea, pero… ¡quién sabe! Durante un año realizó cerca de las 150 obras, entre las que caben señalar ‘La noche estrellada’, ‘Jardín del asilo Saint-Paul’, ‘Jarrón con lirios’…

     El 29 de julio de 1.890 moría, «supuestamente», tras haberse pegado un disparo como unas 30 horas antes. Y decimos «supuestamente» porque existen varias versiones sobre ese momento. El caso es que, parece ser que el 27 de julio y con 37 años de edad, Vincent van Gogh se disparó, muriendo el día 29. Algunas teorías apuntan a que fue un suicidio otras a que fue un homicidio. Los forenses de la época que practicaron su autopsia descartaron el disparo cometido hacia sí mismo por la ausencia de rastros de pólvora o quemaduras en sus manos. La duda genera muchos debates que aun hoy en día siguen siendo un misterio sin resolver. El periódico de la época publicó la noticia de esta manera:

 

Noticia de la muerte de Vincent van Gogh en el periódico local «L’ Écho Pontoisien» una semana después del suceso (7 de agosto de 1.890)

 

     Así de triste fue su paso por este mundo, un mundo cruel que le hizo vivir atormentado y en la más absoluta de las miserias. Un mundo en el que a la locura se le daba de lado y se intentaba maquillar o esconder. Un mundo que no estaba hecho para este genio. Un mundo injusto que ahora ve sus obras y su arte como nunca: ‘impresionantes, espectaculares, llenas de vida, enigmáticas, coloridas…’

 

Autorretrato con sombrero de fieltro gris (Museo van Gogh, Amsterdam; Países Bajos)

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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